Después de su Resurrección, Jesús se encontró con sus discípulos en una montaña de Galilea. Allí lo vieron y se alegraron mucho, aunque algunos todavía sentían dudas en su corazón.
Jesús se acercó y les habló con cariño y autoridad. Les dijo que tenía todo el poder en el cielo y en la tierra, y les confió una misión muy importante: ir por todo el mundo y ayudar a otros a conocerle. Les pidió que hicieran discípulos, enseñando a vivir como Él enseñó y bautizando en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
No era una tarea fácil, pero Jesús no los dejaba solos. Les prometió algo que da mucha paz: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final del mundo”. Con estas palabras, les aseguraba que siempre estaría a su lado, acompañándolos en cada paso.