El mismo día de la Resurrección, dos discípulos caminaban hacia un pueblo llamado Emaús. Iban tristes y preocupados, hablando de todo lo que había pasado con Jesús. No entendían por qué había muerto y pensaban que todo había terminado.
Mientras caminaban, Jesús se acercó y empezó a caminar con ellos, pero ellos no lo reconocieron. Él les preguntó de qué hablaban, y ellos le contaron lo sucedido, con el corazón lleno de tristeza.
Entonces Jesús comenzó a explicarles las Escrituras y les ayudó a comprender que todo lo que había pasado tenía un sentido en el plan de Dios. Poco a poco, su corazón empezó a cambiar, aunque aún no sabían que era Jesús.
Cuando llegaron al pueblo, le invitaron a quedarse con ellos. Al sentarse a la mesa, Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. En ese momento, lo reconocieron… ¡era Jesús! Pero Él desapareció de su vista.
Ellos se dijeron uno al otro: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?”. Entonces se levantaron enseguida y volvieron a Jerusalén para contar a los demás que Jesús estaba vivo.